Los cristianos somos convocados a ser testigos, sembradores y militantes de la esperanza. Es en medio de nuestro mundo donde los cristianos hemos de “dar razón de nuestra esperanza”, a nosotros mismos y a los hombres y mujeres de hoy. Creemos en el “Dios de la esperanza”, el primero en “esperar contra toda esperanza”, y creemos en “Cristo Jesús, nuestra esperanza”, “crucificado por los hombres pero resucitado por Dios”. Vino y abrió el horizonte de un mundo nuevo; viene y nos pone en pie. Queremos celebrar su venida saliendo a su encuentro. La esperanza no es una meta que nos proponemos, sino una persona que viene al encuentro como salvador, el sol que sale de lo alto y nos atrae con su luz. No se trata de una virtud para un momento o un tiempo del año, sino una actitud y un estilo de vida. Un cristiano sin esperanza no es cristiano.
Durante el Adviento ejercitamos la espera, la esperanza. Ejercitamos las actitudes propias de quienes viven de una promesa: Dios será con nosotros (Is 7,14). Pero no es una mirada al futuro por huir del mundo que no nos gusta. La esperanza es activa, pone en movimiento. Si se pierde no hay futuro. “Vosotros, los que aquí entráis dejad toda esperanza”, escribe Dante en la entrada del infierno.
· El Adviento es para resituarnos en el mundo. En el mundo y en el presente. En este mundo dónde parece que dominan el consumismo y la violencia. En este mundo en el cual tener un trabajo digno cada vez es más difícil, y poder acceder a la vivienda parece un privilegio...
· Adviento es tiempo para hacer renacer la esperanza viviendo en este mundo. Es tiempo para escuchar buenas noticias en una sociedad dónde la distracción sólo nos permite escuchar la parte fea de la realidad. Es tiempo por rehacer la ilusión porque el Hijo de Dios viene a ella y de ella espera mucho.
· Adviento es tiempo para volver a creer. Por creer de verdad que Dios responde a la humanidad que lo necesita. Y que responde viniendo a vivir en este mundo. Y que viene haciéndose hombre pobre, haciéndose hombre víctima de las injusticias, haciéndose –un niño– de quienes no cuentan.
· Adviento es tiempos para rehacer el amor. El Hijo de Dios se hace hombre, se hace hermano de todo el mundo, de los pobres... ¿Por qué no nos hacemos nosotros si creemos en él?
Este "velar" para “dar fruto” pasa por estar atento a lo que sucede en el entorno y en el mundo en general; pasa por hacer discernimiento (con los demás) para descubrir qué es la voluntad de Dios en cada situación; pasa por rogar-rezar (Mt 26,41). Velar así nos mantiene firmes en la fe, nos da coraje, nos ayuda a vivir sobriamente.
En este primer domingo se ofrece una respuesta a las incertidumbres de las personas. El profeta no espera la salvación de los hombres ni de los poderes políticos, sino de Dios mismo. Daremos razón de la esperanza no con nuestras palabras, ni por imperativo moral, sino por un estilo de vida de quien se pone en pie, mira el horizonte, convoca a otros, ajusta velas y enfila la barca. La esperanza no es algo que tenemos sino algo que compartimos.
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